A 35 minutos de irme a trabajar y sigo sentada en el sofá con mi pajama puesta y la perra al lado. Tengo una taza de café que poco a poco se enfría y las cáscaras de un guineo que ya me comí recordándome que estoy tarde. Pero tengo sueño... Desde aquí puedo escuchar a Jaime roncar y las gotas de lluvia dando en la ventana.
¿Quién se quiere ir?
Yo no.
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